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Accidente criminal

 



Yacía en el sofá de la habitación mirando a la esquina oscura, con la mirada perdida, petrificada, y disociado; estaba tan concentrado, como si viese un aquelarre y en medio de la fiesta quemaran a un cura, ese cura burlón, hipócrita, ratero y homosexual. Retorné a mi yo más Freudiano e hice pasar a mi siguiente paciente.

Me gusta jugar a adivinar con que trauma llega aquel que cruza por esa puerta: depresión, ansiedad, apegos, soledad, su pareja o la búsqueda implacable de la felicidad.  Solo hay que decirles lo que quieren escuchar, solo hay que interpretarlos y sobre ellos dejo salir mi verborrea y los envuelvo. Cómo cuando envolví la muerte aquella noche entre el alcohol y el tramadol, la esquivé, ya me tenía sometido y ahogado, decidí con todas mis fuerzas recostarme de lado y vomitar, eso recuerdo, pero en la mañana, la cama estaba intacta no sé si, logré escabullirme o se me pego la esquizofrenia de mis pacientes.

Surgió por la puerta aquel joven lúgubre, lánguido, cansado, extenuado, alto, de pelo negro, mirada perdida en las cuencas de su cráneo y llevaba consigo algo de carne en sus mejillas. Sin ser creyente del alma, se la vi cansada. Le tendí la mano y lo invité a sentarse. 

Adivine el mal que aquejaba su mente, sus emociones, su “yo”. Hubiese pensado cualquiera, ese seria.  Ataques de pánico, brotes psicóticos, trastorno paranoico, depresión y ansiedad crónica, era lo básico. Un cumulo de males para él y una mina de oro para este servidor que no desestima mal, pues si hay dinero hay tratamiento. 

Juan, mi paciente, después de cinco sesiones de terapia seguía igual y yo estaba peor, es una hipocresía, él terapeuta con más males mentales que el paciente. Sus trastornos se debían a una enfermedad (física) que poseía, así se sentía poseso del Huntington. Ella se apodero de su cerebro loco y poco algo mayor.

Pasaron 10 sesiones en una eterna agonía, mis demonios a flor de piel, las excentricidades de los trastornos de los dos flotando en una nube áspera, en medio de una conversación cáustica en aquel frío y encerrado consultorio. No hay cura a estos fatalismos que cargamos. Solo tenemos una opción.

- Aquel, pregunto: ¿Cuál? 

- Soy bastante cobarde y pesimista así que hagamos un suicidio colectivo, bueno de pareja.

 Le gustó la idea y sin pensarlo, aceptó. Solo dijo:

- ¿Cuándo?, y ¿Qué tengo que hacer?

Nada, respondí serenamente, nos subimos a mi carro y nos vamos a 120 por el desbarrancadero de la carretera. Nos vemos el domingo en la tarde, hay menos chismosos, porque todo el mundo tiene su crisis existencial los domingos, calman sus pensamientos matutinos, emerge la duda y se repliegan. Si nos prendemos fuego tardaran en salvarnos.

 

La tarde del domingo era pesada, fría y gris. Hubo un escenógrafo (dios) que conjugo todo para la obra siniestra del suicido. Las miradas perdidas a través de los cristales de las ventanas del auto, con la nostalgia, o no, de ser un filósofo del suicidio.

La neblina obstruía la vista y la conciencia intrépida en busca de una salida sempiterna. Di el retorno, cruzamos miradas y con un ademan (acentuamos con la cabeza) la decisión estaba tomada, entre cuarta y quinta marcha se sentía el miedo y la libertad.

La velocidad, el barranco y las ganas de morir estaban listos. Volamos por el separador y de ahí, solo recuerdo por instantes: primero; la vuelta y los golpes en la cabeza; segundo, las cosas flotaban en el interior del auto en un compás armonioso de caída al vacío; tercero, ardiendo en llamas y gritos de adversidad, pues el miedo del suicida (no morirse) se hizo realidad; ultimo, mi paciente permanecía inmóvil y con un trozo de metal en el cuello.

Abrí los ojos y el brillo de la sala del hospital penetro las retinas y la moralidad. Mi cuerpo embadurnado en gasa estéril y el dolor a grado de morfina. Pregunte por mí paciente y la enfermera dijo: que estaba solo en el vehículo y que soy un paciente psiquiátrico. 

 

 

 

 


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