Yacía en el sofá de la habitación mirando a la esquina oscura, con la mirada perdida, petrificada, y disociado; estaba tan concentrado, como si viese un aquelarre y en medio de la fiesta quemaran a un cura, ese cura burlón, hipócrita, ratero y homosexual. Retorné a mi yo más Freudiano e hice pasar a mi siguiente paciente. Me gusta jugar a adivinar con que trauma llega aquel que cruza por esa puerta: depresión, ansiedad, apegos, soledad, su pareja o la búsqueda implacable de la felicidad. Solo hay que decirles lo que quieren escuchar, solo hay que interpretarlos y sobre ellos dejo salir mi verborrea y los envuelvo. Cómo cuando envolví la muerte aquella noche entre el alcohol y el tramadol, la esquivé, ya me tenía sometido y ahogado, decidí con todas mis fuerzas recostarme de lado y vomitar, eso recuerdo, pero en la mañana, la cama estaba intacta no sé si, logré escabullirme o se me pego la esquizofrenia de mis pacientes. Surgió por la puerta aquel joven lúgubre, lángu...