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Estupido.

 —¿Cuánto vale? —¿Qué cosa? —Eso que llevas ahí, arrugado y desdeñoso. —Vale mucho. Solo se ve así porque el amor fractura; el amor es el poder que tiene el otro de destruirte, y a veces lo usan con ese fin. Así he transitado estos últimos meses: sin consuelo, desbordado en un mar de odio y tristeza, intentando apagar su recuerdo. —No hablo de su corazón, sino del libro de Feynman. —Ah… no vale nada. Tome, se lo regalo. —Gracias. —¡Estúpido! Jorge Duarte
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Distancia

¿Qué distancia es correcta, para estar en sus ojos y perderme? ¿Qué distancia es correcta, para fugarse de la calidez de sus abrazos? ¿Qué distancia es correcta, para alcanzar el límite de lo ilógico de su amar? ¿Qué distancia es correcta, para que mengüe la taquicardia por su presencia? ¿Qué distancia es correcta, para conciliar el sueño en medio de la agitada noche? ¿Qué distancia es correcta, para reescribir versos funestos de idealismo? ¿Qué distancia es correcta, para palpar su esencia y poder despreciar? ¿Qué distancia es correcta, para evitar lo involuntario de mis emociones? ¿Qué distancia es correcta, para verte y reconocer que vienes? No creo que exista la distancia correcta para todo esto. He intentado alejarme y acercarme, pero me encuentro en el mismo punto. Jorge Duarte.

Venid

Venid hasta acá.  Mírame con ojos luminosos color amor. Venid hasta acá.  Abrázame con la esperanza y calidez de tu alma. Venid hasta acá.  Bésame y humedece mi seco corazón. Venid hasta acá.  Frota tu piel con el tacto receptivo de mis emociones. Pero, más importante aún,  Venid hasta acá. No en sueños, no en recuerdos. Venid del más allá y cúrame del duelo que me agobia. Jorge Duarte 

Contéstame una pregunta

  Contéstame una pregunta:   ¿Por qué nos gusta bailar con el diablo?   —El porqué es complejo, ¡no es bueno bailando!, pero lo que te susurra al oído te absorta, te consume y te impela a un algo. Una cierta vez en la vida, nos deleita el sabor de lo malo, o la curiosidad por lo malo.   ¿Cómo nos damos cuenta de eso?   La sangre se hace espesa, se retuerce la bilis y un fuego sagaz, astuto, perspicaz, agudo y en ciertos momentos hiriente, viaja por las venas. Te inunda la conciencia y es entonces donde te tiende la mano y te invita a la pista, pero, sentado a tu lado, está dios.   Dios, ¿ qué tiene que ver?   Creer en el diablo inherentemente te hace creer en dios o viceversa, pero no nos desviemos; aquí nace una situación y es: cuando mueren dios y el diablo. Quedas arrojado al mundo y debes tomar la decisión: bailas o te quedas sentado. Por eso dios creó el libre albedrío para poder juzgarte, suponiendo que exista.    Jorge Duart...

Catarsis del Dolor

 

Verdeazulado.

  ¿ P uede el hombre ser él, sin sus recuerdos?; ¿ El tiempo tiene un romance con el ol vido ?; El ego y las inseguridades, ¿no batallarán más? ; La tristeza que me agobia, ¿Dónde termina en el inconsciente sórdido? , en fin, volví de la enfermedad o de la disociación diagnosticada. No quiero que todo tenga sentido, y ahora menos ; aunque pasmado vago por los pasillos del hospital, buscando la salida que lleva al consiente estado de lucidez donde la realidad, el tiempo y la vida no sean un intento fallido .   C olapsaré y el miedo a la muerte se olvidará , Seré inalterable y mirare asombrado la cotidianidad, como quien encuentra de frente , e l fervoroso axioma de vivir. Paliativo ser intransigente de la r ealidad , busco torturarme con la irónica remembranza de los pensamientos, hechos, situaciones, momentos y hasta sentimientos perdidos.   El poder terapéutico de la auto consolación hiere mi mente y no permite la sedación completa de la locomoción desorde...

Accidente criminal

  Yacía en el sofá de la habitación mirando a la esquina oscura, con la mirada perdida, petrificada, y disociado; estaba tan concentrado, como si viese un aquelarre y en medio de la fiesta quemaran a un cura, ese cura burlón, hipócrita, ratero y homosexual. Retorné a mi yo más Freudiano e hice pasar a mi siguiente paciente. Me gusta jugar a adivinar con que trauma llega aquel que cruza por esa puerta: depresión, ansiedad, apegos, soledad, su pareja o la búsqueda implacable de la felicidad.   Solo hay que decirles lo que quieren escuchar, solo hay que interpretarlos y sobre ellos dejo salir mi verborrea y los envuelvo. Cómo cuando envolví la muerte aquella noche entre el alcohol y el tramadol, la esquivé, ya me tenía sometido y ahogado, decidí con todas mis fuerzas recostarme de lado y vomitar, eso recuerdo, pero en la mañana, la cama estaba intacta no sé si, logré escabullirme o se me pego la esquizofrenia de mis pacientes. Surgió por la puerta aquel joven lúgubre, lángu...